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Anna Borkowska

En 1942 Anna Borkowska era la madre superiora de un convento ubicado cerca de Vilna. Anna, siguiendo los preceptos humanitarios de su religión, no dudó en abrirle las puertas del convento a 17 judíos miembros de la resistencia. Una vez en el convento, los muros de piedra y el anonimato protegían a los que luchaban por su libertad. La amistad entre las monjas dominicas y los judíos comenzó; juntos trabajaron la tierra, cocinaron y atendieron las necesidades del convento; los judíos que estaban en lucha  pudieron continuar con sus operaciones desde allí. En este convento se redactó, imprimió y planeó la distribución del primer manifiesto que llamó a la lucha organizada de los judíos del ghetto de Vilna. Tiempo después los judíos decidieron salir del convento para ir al ghetto y organizar desde allí las operaciones de rescate, pero les faltaban armas. Es entonces cuando Anna Borkowska decidió ayudarles e introdujo las primeras granadas al ghetto. Anna no sólo se solidarizó con la causa judía, fue más allá, expresó su deseo de unirse a las peligrosas operaciones bélicas contra la opresión, pero la organización judía le rogó que no lo hiciera. Sin embargo, siguió ayudándolos hasta que, dos años después, los alemanes la arrestaron. El convento fue clausurado de inmediato. En la prisión, Anna renunció a sus votos monásticos, pero se mantuvo apegada a su religión; al ser liberada se mudó a Polonia, donde llevó una vida humilde. Cuarenta años después cuando Anna Borkowska contaba con 84 años, sus antiguos amigos judíos, ahora libres y residentes en Israel, la visitaron en Varsovia. Entre abrazos y lágrimas le entregaron una medalla en reconocimiento a su valentía y actos solidarios. Anna Borkowska, con la humildad y sensatez que la caracterizó, los miró a través de sus gruesas gafas, y les preguntó: “¿Por qué merezco esta medalla? Sólo hice mi deber.” En 1984 Anna Borkowska fue reconocida por Israel como Justa entre las Naciones.