1942. El plan de exterminio contra los judíos estaba en marcha, en medio de una Europa que desviaba la mirada.
Mientras tanto, del otro lado del mundo, lejos de la catástrofe, un pequeño país centroamericano nombraba a su nuevo cónsul en Ginebra, Suiza… Se trataba del Coronel José Arturo Castellanos, representante de la República de El Salvador.
El Primer Secretario del consulado, George Mantello, judío húngaro, planteó la situación de emergencia a Castellanos y en cuestión de semanas, convirtieron el consulado, en una organización para salvar vidas durante el Holocausto.
A diferencia de otros gobiernos que emitieron permisos y visas, la República de El Salvador fue más allá siendo el único país que distribuyó, entre los judíos, certificados de ciudadanía sin costo… y sin condiciones.
En aquellos certificados se establecía de manera oficial que los portadores eran ciudadanos de El Salvador, eso bastaba para no proceder al arresto que llevó a millones de personas a los campos de concentración.
Los nazis no tenían alternativa. Frente a ellos, miles de judíos con la nacionalidad salvadoreña entre las manos, desfilaban hacia la libertad.
Para 1944 el Coronel Castellanos solicitó al gobierno suizo que representara los intereses de El Salvador en Hungría, de manera que la operación de salvamento se extendiera a ese país.
La República de El Salvador emitió miles de certificados a judíos húngaros a través del consulado suizo, que era dirigido por Carl Lutz, quien también ayudaba a los judíos a escapar de la persecución.
Al terminar la guerra, El Salvador, haciendo honor a su nombre, había arrebatado a 40 mil judíos de las garras nazis.
Convencido de que no había realizado ninguna hazaña, sino que cumplía únicamente con su deber, el coronel Castellanos nunca hizo alarde de sus generosas acciones y murió en 1977 en la pobreza y en el olvido.
Por su heroísmo fue reconocido por el Estado de Israel como Justo entre las Naciones